A través de la ventana.

Pasa cabizbajo, con las manos entrelazadas en la espalda, rumiando una negra
boquilla que dejó de tener sabor en el instante en que ella murió, como el
resto de sus cosas..
Arrastra sus pasos con sonido de lija dura, se detiene y mira al suelo.
Quién sabe en qué piensa, si es que piensa en algo.
Con cada vuelta de boquilla, un ruido anciano de saliva y pena hila una
vuelta más en esa rueca de nada que es su vida ahora que está sólo.
Noventa y dos años y aún sigue dando vueltas a esta vieja casona todas las
mañanas a la misma hora. Tres vueltas, doscientos sesenta y tres pasos de
lija y siempre la misma pausa.
Sólo una vida. Los humanos son curiosos.

Desde mi alfeizar, con la única rendija que me dejan abierta para poder
mirar y entretenerme en la nada, como él, le veo pasar a diario.
Dicen que yo tengo siete vidas, y sé que recordaré con cariño esa cara
surcada de vinilo por los años, desde este alfeizar verde.

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